Basta con poner en un buscador la palabra gay o lesbiana, o la sigla
gltb en el rubro correspondiente para que aparezcan cientos de direcciones de
grupos religiosos y documentos sobre el tema.
Para muchas personas siempre constituyó un misterio. Una paradoja para
el movimiento político. Una
cuestión de principios. ¿Por qué, siendo la Iglesia una de las
instituciones más encarnizadas contra los derechos de las personas glttb,
existe tal cantidad de grupos y personas que nos declaramos religiosos,
creyentes o bien necesitados de la fe?
Durante los últimos 15 años una gran cantidad de bibliografía bien
documentada nos descubre participando desde el comienzo de la Iglesia
Cristiana. Y no solo esto: desde mucho antes, la antropología y la historia
nos encuentra en los roles principales místicos y religiosos de todos los
pueblos, comunidades y tribus, desde las comunidades aborígenes americanas
hasta el culto a Astarté compartiendo, como en la actualidad, una simbología
y una opción de servicio[1].
Hemos estado allí desde siempre: Hemos inventado los ritos de
casamiento tal como se conocen en la actualidad, nuestras historias de amor se
constituyeron en santorales y en "modelos" del amor cristiano.[2]
Estamos presentes en las historias que relata la Biblia[3]
y a lo largo de la historia de la iglesia.[4]
No podemos desconocer la cantidad de personas gays y lesbianas que
integran actualmente las iglesias cristianas, que habitan conventos y pueblan
los seminarios, aún al alto costo del silencio o de las negociaciones más
dificultosas para continuar con su vocación.
Sin embargo, aunque Dios no ha arrojado ningún rayo sobre nosotras y
nosotros (aún tras las declaraciones de Juan Pablo II durante el Jubileo,
refiriéndose a la marcha glttb en Roma) las Iglesias siguen negando aquello
que está ante sus propios ojos: nuestra existencia, los descubrimientos, la
documentación existente; siguen creando argumentaciones forzadas y falseando
la realidad.
Para las instituciones religiosas en las cuales el sexo y la sexualidad
se ha constituido en un nudo imposible de desatar, en lo contrario de lo
sagrado, en un terror que los aparta de Dios, tanto como de su prójimo, el
aporte de las personas glttb religiosas constituye un misterio inadmisible:
las Iglesias son incapaces de reconocernos como personas y solo pueden hablar
de homosexualidad.
Muchas personas glttb cristianas hemos re-descubierto desde nuestra
sexualidad diferente, un ser, una dimensión divina de diversidad, un regalo
gratuito, liberador, saludable, antes que una forma de dominación. Un vínculo
más que una separación. No es extraño que la Iglesia nos vea como un
peligro a sus poderosas estructuras. Lo extraño es que nosotros y nosotras
continuemos allí.
Pero ya lo dijo Juana de Arco, Santa y Travesti: "Su Majestad, he
sido mensajera de Dios"
Norberto D'Amico - Centro Cristiano de la Comunidad GLTTB