Lesbianas a la Vista: cerraron su sede, pero siguen firmes en la lucha
Lesbianas a la Vista existe como grupo de activismo lésbico desde agosto de 1995. No siempre estuvimos las activistas que estamos ahora. No siempre hicimos las mismas cosas. No siempre tuvimos una sede.
Antes, en los primeros tiempos, nos reuníamos en las casas de alguna o algunas de las activistas del grupo, no siempre las mismas, al menos cuatro casas distintas. En nuestras casas hacíamos las reuniones para organizar las actividades, pintábamos carteles, escribíamos volantes, en nuestras casas hacíamos los talleres de los grupos de reflexión. Muchas veces nos encontrábamos en bares. La disposición de nuestras casas particulares estaba organizada de acuerdo a las necesidades de espacio de Lesbianas a la Vista, especialmente para los talleres de reflexión (dos horas una vez por semana cada grupo, más un buen rato antes y después entre que llegaba la primera y se iba la última, unas tres o cuatro horas en total).
Los teléfonos que dábamos públicamente para comunicarse con el grupo eran los de nuestras casas, que eran utilizados por las personas que nos llamaban con una cierta desconsideración: solíamos recibir llamados a las dos o tres de la mañana de cualquier día de semana preguntando por algún boliche o para contactos.
Funcionar así era muy desgastante para las que vivíamos en esas casas y era limitante para las posibilidades del grupo. Había muchas cosas que no podíamos hacer, no había tanto espacio disponible, ni se podía usar por tanto tiempo.
En mayo de 1997 pudimos alquilar un lugar para que sirviera de sede del grupo, un departamento de tres ambientes, no demasiado en términos absolutos pero que representaba muchísimo para nosotras. Pudimos porque recibimos dinero de una organización financiadora del exterior, The Global Fund for Women, que confió en el proyecto de tener una sede propia para un grupo de activismo lésbico. Nos mudamos con lo poco que teníamos en ese momento y con muchas, muchas expectativas.
Estuvimos cuatro años en ese departamento, en un cuarto piso de la calle Perú al 1300. Durante ese tiempo pasaron muchas cosas y mucha gente por ese lugar : funcionaron unos 15 grupos de reflexión, el grupo de reflexión para madres lesbianas, el grupo de pares para lesbianas en relaciones de maltrato, consejería, talleres de salud, video-debate, grupos de estudio, reuniones de domingo, biblioteca. El lugar pasó a ser nombrado "la sede", casi a secas, como una referencia. Muchas de las lesbianas que habían pasado por los grupos de reflexión, al encontrarnos casualmente en algún lado, nos preguntaban "y la sede? cómo anda?", "¿sigue la sede?". Así, "la sede" se convirtió para mucha gente en un sinónimo de Lesbianas a la Vista.
No fue fácil mantener funcionando durante cuatro años un lugar como el que fue la sede de Lesbianas a la Vista. En principio, hubiera sido directamente imposible sin el sostén económico que nos llegaba de grupos del exterior: otra vez The Global Fund for Women (Estados Unidos), MamaCash (Holanda), The Astraea National Lesbian Action Foundation (Estados Unidos) y XminusY (Holanda). Estos grupos apoyaron tanto proyectos específicos de Lesbianas a la Vista (por ejemplo, la impresión de materiales informativos en temas de salud) como la compra de equipos y el mantenimiento general del lugar. Nunca logramos generar actividades que implicaran un ingreso de dinero suficiente para no depender del apoyo externo, a lo sumo lográbamos que las que participaban de actividades en la sede aportaran algo que complementara el dinero que recibíamos de afuera, estirándolo un poco más. Este problema del dinero, creemos, se debió en parte a los conflictos que nos generaba a nosotras mismas la relación con el dinero y su manejo, tal vez también a falta de creatividad en la propuesta de actividades que permitieran reunir fondos, pero también, estamos seguras porque lo hemos sentido, a una falta de compromiso de una gran parte de las que participaron en actividades del grupo, beneficiándose directa o indirectamente de las actividades de Lesbianas a la Vista. Hemos oído hasta cansarnos a lesbianas que nos decían que no podían aportar ni dos pesos pero que no estaban faltas de dinero para salir con sus amigas o ir al boliche. También hubo, y es bueno y necesario decirlo, muchas lesbianas que estaban en muy mala situación económica pero que a pesar de todo siempre aportaban alguna cosa, aunque fuera pequeña, aunque les dijéramos que no hacía falta que ellas trajeran nada.
La falta de compromiso se veía no sólo en lo relativo al dinero, en nunca preguntar siquiera cómo se mantenía el lugar, no preocuparse nunca por si hacía falta algo, se veía también en el no venir a las actividades y ni siquiera tomarse el trabajo de avisar (desconsideración no sólo hacia nosotras, sino también hacia sus compañeras), en pensar que había algunas –nosotras u otras compañeras- que teníamos una especie de obligación desde la planificación de actividades hasta el vaciado de ceniceros. En ese sentido, se fue haciendo progresivamente mayor la sensación de que en vez de apropiarse de una propuesta que se planteaba como de participación colectiva, las lesbianas que venían a nuestras actividades asumían una actitud de consumidoras demandantes de servicios y productos "predigeridos", fáciles y conformistas, que no inciten a la reflexión, el cuestionamiento y el cambio.
Nosotras (las que estamos y las que estuvieron en Lesbianas a la Vista) nunca vivimos en la sede que tuvimos. Nunca vivimos de la militancia. Nunca pensamos el activismo como un empleo ni mucho menos como un negocio. Fuimos pésimas en términos de dinero porque le dimos una prioridad incuestionable (para nosotras, al menos) a otras cosas relacionadas con valores y posiciones ideológicas: por eso, por ejemplo, nunca tuvimos ningún tipo de arreglo en publicidad ni dinero con los boliches que se supone son para lesbianas porque siempre creímos y dijimos que vivían de la lesbofobia social y de la internalizada, esos que te cobran una bebida cualquiera mucho más que otros lugares solamente porque se trata de un boliche de lesbianas. Por eso cuando queríamos hacer una fiesta para reunir dinero, conseguir el lugar adecuado era toda una tarea: claramente, por una coherencia mínima e innegociable entre discurso y práctica, no podía ser un boliche "de ambiente", y no es nada fácil que alguien te alquile un lugar para una fiesta de lesbianas (tampoco fue fácil que alguien nos alquilara un lugar para que funcionara ahí la sede de un grupo de lesbianas).
Cuando Las Lunas y las Otras cerraron su casa, en diciembre de 1999, algunas lesbianas se acercaban a comentarlo con nosotras como si hubiera habido una especie de derrota de Las Lunas, que tenían que cerrar su espacio, frente a nosotras, que todavía conservábamos el nuestro. Entre Las Lunas y Lesbianas a la Vista hubo muchas diferencias, desde las políticas de acceso a nuestros respectivos espacios hasta en qué movimiento encuadrar el trabajo de cada uno de nuestros grupos. Pero interpretar que el cierre de la casa de Las Lunas podía ser motivo de alegría para nosotras era, en el mejor de los casos, torpe y en el peor, muy mezquino. Las Lunas y Las Otras siempre se presentó como un grupo de activismo político de lesbianas feministas. Nosotras siempre nos presentamos como un grupo de activismo político de lesbianas. Y eso es algo muy importante que hay en común entre Las Lunas y nosotras, que nos diferencia de otros ámbitos que se presentan a sí mismos haciendo de su no politización un elemento propagandístico mientras que son emprendimientos comerciales de una o dos personas, con los que pretenden vivir de las lesbianas sin aportar sustancialmente al cambio estructural –o al menos a la denuncia– de la situación de opresión y discriminación en la que vivimos y sin hacer tampoco un rescate, valoración y difusión del conjunto de creaciones, conceptos, actitudes e historias que podrían encuadrarse bajo el nombre de "cultura lésbica".
Como parte de una concepción colectiva, comunitaria y solidaria del activismo, donde las organizaciones no compitan por un estrellato ni por una "porción de mercado" sino que colaboren para el desarrollo de nuestras actividades de interés específico y para el logro de los intereses comunes, hemos compartido nuestro espacio con varias organizaciones (el Grupo de Jóvenes Gays, Lesbianas y Bisexuales, la publicación La Hora, Escrita en el Cuerpo, el Centro Cristiano de la Comunidad GLTTB, entre otras), hemos tenido el gusto de que La Lunas y las Otras nos confiaran su biblioteca desde el cierre de su casa hasta el cierre de nuestra sede y prestamos también nuestro lugar para reuniones y otras actividades de organizaciones y personas.
Pero sostener la actividad de la sede del grupo fue difícil también por el tiempo y el esfuerzo que demandó. El esfuerzo de mantener la sede abierta para atención telefónica y personal y para los grupos y talleres durante dos horas tres días de semana y un mínimo de seis que muy fácilmente se convertían en diez e incluso doce horas durante los días sábados. Ocuparse de la limpieza, algún que otro arreglo, las cuestiones administrativas, las cuentas. La necesidad de mantener el funcionamiento cotidiano del espacio, con todo lo que demandaba, hizo que fuéramos perdiendo el foco de nuestro interés original en el activismo, que por momentos extraviáramos el para qué y el cómo de nuestro activismo, que la asignación prioritaria de tiempo fuera para la sede y si quedaba, si nos daba el cuerpo y los horarios cada vez más abultados de trabajo, entonces podíamos hacer algo más, algo de eso que nos gusta y que nos da energías y alegría. Así, nos fuimos reconcentrando cada vez más en el trabajo que hacíamos en la sede, reduciendo nuestra presencia en la calle a las fechas en las que nunca estuvimos ausentes desde que se inició Lesbianas a la Vista.
Tener un espacio fue liberador cuando nos permitió ampliar nuestras actividades, convocar a más gente, proveer un lugar de encuentro; ahora no tenerlo es liberador porque nos permite dirigir nuestras energías a otras actividades y acciones que este momento y en este contexto encontramos más imprescindibles, menos frustrantes, más movilizadoras.
Sabemos que el dinero que se maneja en las financiadoras, mucho o poco según de qué financiadora se trate, por más que sean de países con holgura económica, no es ilimitado: el dinero que se le otorga a un grupo cualquiera es dinero que no se le está dando a otro grupo. En ese sentido, nosotras siempre hemos sentido una gran responsabilidad por el dinero que nos llegaba, no sólo con la organización que nos lo daba y a quienes le rendíamos cuentas, sino también con todas las otras organizaciones de lesbianas, mujeres, gays, transgéneros y bisexuales del resto del mundo que recurren a esas mismas fuentes de financiación para sostener sus actividades, muchas veces en países o regiones con una situación económica mucho peor que la de nuestro país. Por supuesto, somos conscientes, porque lo vivimos, de que la situación de nuestro país ha declinado ostensiblemente y la situación de nuestro grupo no ha sido ajena a la crisis económica y la desazón general del país, donde la gente, no por azar, tiene cada vez menos tiempo disponible para organizarse y generar propuestas transformadoras. Esto nos ha dejado con menos tiempo y menos dinero para sostener nuestro proyecto u otros a las activistas y a quienes sí quisieron tener un compromiso efectivo. Sin embargo, hay dos cosas ciertas: una, que con todo, la situación del país no es tan mala como la otros países de Latinoamérica, Africa, Europa del Este o Asia; y otra, que la indiferencia, la falta de compromiso con lo colectivo y la actitud de consumidoras que hemos expuesto más arriba habita en alguna gente con crisis o sin ella.
Es por todo lo que hemos dicho hasta aquí que decidimos no seguir pidiendo dinero a las financiadoras del exterior. Consideramos que si las lesbianas locales no son capaces de comprometerse con un proyecto de participación, construcción y acción colectivas, para nosotras no tiene sentido seguir sosteniendo un espacio cuya razón de ser primordial era permitir satisfacer una demanda planteada como urgente por esas mismas lesbianas.
Como dijimos antes, para mucha gente "la sede" funcionó como sinónimo de Lesbianas a la Vista. Pero no lo era. Lesbianas a la Vista fue antes de tener una sede y seguirá siéndolo después de dejar de tenerla, seguirá existiendo y funcionando como un grupo de activismo político de lesbianas, centrándonos en las acciones que requieren menos infraestructura y que hace tiempo queríamos recuperar más plenamente: la circulación de ideas en volantes y electrónicamente, las pintadas, los espacios de discusión e intercambio, las marchas, las acciones que apunten a incrementar la visibilidad de las lesbianas. Seguiremos estando, hablando, escribiendo, haciendo.